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El desarrollo de los
hospitales pediátricos es muy reciente. El primero conocido
en el mundo occidental se constituyó en Francia a fines del
siglo XVIII. En julio de 1795, en plena Revolución Francesa,
el edificio de la Maison Royale de l’Enfant-Jésus,
antiguo refugio para las mujeres pobres de Paris, fue refaccionado
y habilitado como asilo para huérfanos (Maison Nationale
des Orphelins), funciones que cumplió hasta 1802. Ese
año, un decreto del Consejo General de Hospitales determinó
el traslado de los huérfanos a otra institución parisina
y el antiguo edificio se transformó en el Hopital des
Enfants-Malades, destinado exclusivamente a menores de 15 años.
El establecimiento constaba de 300 camas y de 59 empleados, incluyendo
dos clínicos y un cirujano. Desde entonces, en el resto de
Europa comenzaron a aparecer importantes hospitales pediátricos,
como el Great Ormond Street en Inglaterra (1852) y el Hospital
del Niño Jesús de Madrid en España (1878).
En Chile, ya desde la segunda mitad del siglo XIX se comienza a
plantear la necesidad de crear unidades de hospitalización
pediátrica. En 1886, la Facultad de Medicina de la Universidad
de Chile propuso al gobierno que todos los hospitales dispusieran
de áreas destinadas exclusivamente a la atención de
niños, pero la iniciativa no prosperó. En esa época,
la enseñanza de la pediatría la efectuaba el Dr. Roberto
del Río en la Casa de Huérfanos, pues la única
sala del Hospital San Juan de Dios habilitada para recibir niños
no tenía las condiciones estructurales mínimas para
efectuar la docencia. Esta sala era la única en todo Santiago
destinada a la atención de pacientes entre 6 y 12 años.
En 1899 el país fue golpeado por una devastadora epidemia
de sarampión. Impactado, el filántropo don Manuel
Arriarán financió personalmente el establecimiento
del primer hospital de niños en Chile, el que se instaló
provisoriamente en la Casa de Ejercicios de San José (Moneda
esquina Almirante Barroso). La capacidad del establecimiento fue
rápidamente sobrepasada por la enorme demanda de camas. A
fines de 1900, Arriarán propuso el traslado del hospital
a la Protectora de la Infancia (calle Matucana, entre Huérfanos
y Compañía) mientras se construía un nuevo
edificio a orillas del río Mapocho. Manuel Arriarán
fue designado administrador del hospital y el Dr. Roberto del Río
su director técnico, quien asumiría todas las funciones
después del fallecimiento de Arriarán en 1907. El
doctor del Río se mantuvo en el cargo hasta su muerte en
1917, después de lo cual el hospital de niños pasó
a llamarse Hospital Roberto del Río en su homenaje. En 1938
se construyó el edificio ubicado en Avenida Independencia.
El Hospital Clínico de la P. Universidad Católica
de Chile se inauguró en 1940, e inicialmente no contaba con
áreas de hospitalización pediátrica. En 1954
se creó la Cátedra de Pediatría de nuestra
universidad a cargo del Profesor Dr. Julio Meneghello, realizándose
la docencia en forma adscrita a los cursos de la Universidad de
Chile en el Hospital Roberto del Río. Con el fin de establecer
un centro académico independiente, en 1970 la Escuela de
Medicina creó el Departamento de Pediatría, el cual
realizó su actividad clínica en las salas pediátricas
del Hospital Dr. Sótero del Río. Dado el progresivo
desarrollo de la Pediatría, en 1977 se creó el Servicio
de Neonatología del Hospital Clínico y, finalmente,
en 1987 se inauguró el Servicio de Pediatría. Actualmente,
nuestra Escuela de Medicina realiza la enseñanza de la Pediatría
de pre y postgrado en nuestro Hospital Clínico y en el Hospital
Dr. Sótero del Río.
En el presente, el Servicio de Pediatría del Hospital Clínico
consta de 17 camas de cuidados básicos y 12 camas de cuidados
críticos. Además, desde el año 2007 funciona
en forma anexa la Escuela Intrahospitalaria Cardenal Juan Francisco
Fresno, establecimiento educacional destinado a permitir la escolaridad
de niños afectados por enfermedades crónicas o limitantes
físicas que impiden la asistencia a escuelas regulares.
La hospitalización pediátrica es
muy diferente a la del paciente adulto. No solo difiere en el tipo
de patologías, sino que, esencialmente, por la gran variedad
de necesidades propias del niño que pueden ser vulneradas
en el entorno hospitalario: continuidad de la lactancia materna,
aspectos afectivos condicionados por la separación parental,
angustia por la incomprensión del proceso intrahospitalario,
limitación de la actividad física y lúdica.
Desde sus comienzos, la pediatría hospitalaria ha experimentado
grandes cambios, los que se resumen a continuación:
a) Cambios en el perfil epidemiológico.
El mejor nivel de vida de la población, el descubrimiento
de los antibióticos y el desarrollo de las vacunas han
condicionado una progresiva disminución en la frecuencia
y gravedad de las enfermedades infecciosas. La viruela ha sido
erradicada del planeta; la tuberculosis, difteria, enfermedad
reumática y glomérulonefritis postinfecciosa solo
se observan en forma anecdótica; el sarampión y
la meningitis por Haemophilus influenza son extremadamente
infrecuentes. Aún hacia fines de la década del 80,
la diarrea aguda con deshidratación era una de las principales
causas de morbimortalidad pediátrica; la fiebre tifoidea
y la hepatitis aguda eran diagnósticos comunes en los servicios
pediátricos. Todas las patologías nombradas demandaban
un gran número de camas hospitalarias, siendo corriente
denominaciones tales como “sala de diarrea”, “sala
de hepatitis” o “sala de tifoidea”. A excepción
de la diarrea, rara vez observaremos una de estas patologías
en una sala de hospitalización pediátrica actual.
Por otro lado, asistimos al aumento relativo en la prevalencia
intrahospitalaria de enfermedades como inmunodeficiencias, trastornos
metabólicos y enfermedades autoinmunes, todas ellas complejas
y de difícil diagnóstico. Hoy en día, la
eficiencia y rapidez con que estas se diagnostican constituyen
un indicador de calidad clínico de los servicios pediátricos.
Las enfermedades crónicas, representadas principalmente
por síndromes respiratorios, metabólicos, neurológicos
y genéticos, han aumentado significativamente su proporción
dentro de las salas de hospitalización pediátrica.
El desarrollo de nuevos recursos terapéuticos y de apoyo
ha determinado que este grupo de pacientes frecuentemente acuda
a los hospitales para el adecuado control de sus problemas de
salud.
b) Especialización asistencial. Debido
a la creciente complejidad y costo de la medicina en general,
los hospitales han desarrollado áreas específicas
de desarrollo, concentrando la atención de algunas patologías
específicas. Un buen ejemplo de esto son los Centros de
Cardiopatías Congénitas; el Servicio de Pediatría
de la P. Universidad Católica es uno de los tres centros
nacionales para la derivación y resolución de cardiopatías
congénitas del país. Este programa en particular
se encuentra asociado a las políticas nacionales de salud
pública (programa AUGE/GES)
c) Aumento de los costos. Al igual que en todas
las áreas, el valor de las prestaciones médicas
en pediatría se ha multiplicado enormemente, lo que ha
obligado a desarrollar una gestión hospitalaria eficiente
y dinámica, lo que representa un aspecto crítico
en la medicina moderna.
d) Reducción de la mortalidad. En sus
comienzos, la mortalidad intrahospitalaria pediátrica era
elevadísima. En el siglo XIX esta podía llegar al
50%; a principios del siglo XX la mortalidad de un hospital general
en Chile llegaba fácilmente al 25%. En la actualidad, una
unidad de cuidados intensivos pediátricos desarrollada
tiene mortalidades que no superan el 4%, no debiendo existir mortalidad
en una sala pediátrica de cuidados generales.
e) Reducción en los tiempos de hospitalización.
El desarrollo de los recursos diagnósticos y terapéuticos,
la dedicación exclusiva de algunos médicos a la
atención intrahospitalaria, la preocupación por
la buena gestión clínica y administrativa y el gran
progreso de la medicina ambulatoria, han reducido dramáticamente
los tiempos de hospitalización, realidad que afecta tanto
a la hospitalización pediátrica como de adultos.
En la década de los 80 todavía eran frecuentes las
hospitalizaciones de varias semanas; en nuestro Servicio de Pediatría
la estadía promedio de un niño hospitalizado es
de 2 días. Esta característica tiene el gran valor
agregado de reinsertar precozmente al niño en su ambiente
familiar.
f) Cambios en el régimen de hospitalización.
Aunque aún no plenamente generalizadas, las condiciones
del niño hospitalizado han tenido un cambio positivo trascendental.
Al igual que en los hospitales de adultos, los niños se
ingresaban sin la compañía de sus padres o cuidadores,
quienes debían condicionar sus visitas a un horario limitado
y restringido. Este ambiente de separación afectiva tiene
implicancias directas en la integridad emocional del niño,
pudiendo comprometer, además, aspectos esenciales de la
salud infantil, como la lactancia materna. La suma de estos factores
facilitaba el conocido, pero muchas veces soslayado, “hospitalismo”.
La difusión mundial de los “Derechos
del Niño Hospitalizado” ayudó a crear la conciencia
necesaria para mejorar activamente el entorno del niño
hospitalizado. En la actualidad no debiera ser aceptable una hospitalización
pediátrica en la que no participe en forma continua al
menos uno de los padres. Desde el año 2005 en el Servicio
de Pediatría los pacientes hospitalizados están
en la compañía permanente de, al menos, uno de sus
padres y el horario para las visitas está liberado.
g) Recursos de apoyo. A esto se agrega la posibilidad
de contar con recursos psicopedagógicos “al lado
de la cama”, así como asesoría de equipos
multidisciplinarios como uso de psiquiatria y psicología
de enlace.
El niño hospitalizado representa un gran
desafío. Aunque siempre será uno de nuestros principales
objetivos, el médico pediatra no puede limitar su labor
a la resolución rápida y eficiente de un problema
de salud específico. Más allá de esto, debe
procurar un entorno hospitalario seguro y cálido, en lo
posible familiar, minimizando el riesgo de comprometer la integridad
física y sicológica del niño. De esta forma
permitiremos su retorno al hogar en las mejores condiciones fisiológicas
y afectivas.
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