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¿Por qué leer un libro sobre el sistema de salud estadounidense y sus problemas? ¿Y por qué, cuando apareció, el New York Times calificó a Overtreated como el libro de economía más importante del año? Lo primero, porque nadie puede negar la influencia de la medicina norteamericana en nuestras prácticas y nuestros sistemas, y lo segundo, porque la salud en Estados Unidos es una industria que mueve muchos, pero muchos miles de millones de dólares (demasiados, o demasiado mal repartidos, es la tesis del libro), y lo que ocurra con esos millones gastados en consultas, exámenes, cirugías, hospitalizaciones y fármacos repercute en la economía en general, sobre todo si no se están gastando en la forma más sana, solidaria y eficiente. Este trabajo pretende explicar por qué el sistema de salud más caro del mundo no es, ni de lejos, el mejor del mundo. La tesis es clara: los ricos también lloran, o, como aclara el subtítulo de este ensayo (Why too much medicine is making us sicker and poorer), no siempre tener mucho de algo significa tener lo mejor de ese algo. El sistema de salud estadounidense es increíblemente caro, dice Brownlee, pero un sexto de sus ciudadanos no tiene cobertura de ningún tipo, y hasta un tercio del dinero gastado en el sistema termina siendo plata perdida, cuando no supone un daño concreto para los pacientes: cien mil personas mueren anualmente por errores médicos en Estados Unidos. Comparado con otros países desarrollados, los estadounidenses ven a más especialistas, son hospitalizados por más días y deben someterse a muchos más procedimientos, pero el resultado en muertes evitadas no es mejor sino peor. El libro está lleno de cifras impresionantes (EEUU gasta en salud más de lo que gasta China en… cualquier cosa), pero, por supuesto, en esta historia no hay simplemente villanos de un lado e inocentes víctimas del otro. Muchas veces los pacientes exigen la mejor tecnología para su cuidado, y los médicos realmente se esmeran en hacer todo lo que está en sus manos para curarlos. Pero, sostiene la autora, lo que distingue al sistema de salud estadounidense es su «irracional exhuberancia tecnológica» y el poder de sus administradores. En todas las naciones desarrolladas los profesionales de la medicina aspiran a contar con apoyo tecnológico de punta, y en todas ellas los pacientes quieren el mejor tratamiento posible, pero en Estados Unidos el sistema presiona para que los médicos prescriban exámenes y procedimientos onerosos e innecesarios: como defensa ante eventuales querellas por mala práctica, pero también porque ganan más «haciendo más», y ésta es la clave. Todos los intentos de reformas al sistema de salud han topado con este muro de incentivos perversos e intereses cruzados entre «el complejo médico-industrial» y sus practicantes, en desmedro de los enfermos de hoy y de los que lo estarán mañana. Los médicos son presionados a prescribir más medicamentos o tests, a referir a especialistas, a operar cuando se podría no operar, porque se ha asentado un paradigma (muy conveniente para la industria y la medicina privada) que asigna mayor valor a la cantidad de tratamiento que a su eficacia probada para curar. Con una profundidad que es difícil de reflejar en esta breve reseña, Brownlee desmenuza el problema desde diversos puntos de vista: el de los médicos conscientes de la inequidad del sistema, el de aquellos que reconocen anteponer sus ingresos a cualquier otra consideración, el de la legislación, el de las actitudes de la sociedad ante la enfermedad, el punto de vista de la economía nacional. El hecho, por ejemplo, de que este sistema «codicioso» ni siquiera logre ser eficiente y esté encareciéndose constantemente por problemas de administración. En cada caso ilustra con ejemplos de abuso o ineficacia, de corrupción o daño físico, de puntos ciegos o embotellamientos aparentemente sin solución, y también un ejemplo positivo, el de la Veterans Health Administration, cuyos excelentes resultados se podrían replicar a escala nacional, dice la autora, si se logra vencer al poderoso cartel de hospitales-farmacéuticas-proveedores que es, hoy por hoy, el máximo obstáculo. La moraleja de esta lectura es evidente desde el principio: con todas las consideraciones del caso, para el actual sistema de salud estadounidense, la mejor receta parece ser que «menos es más». Oficina Editorial |