|
El físico catalán Jorge Wagensber dijo una vez que el problema de muchos textos de ciencias es que confundían el rigor científico con el rigor mortis. Una breve historia de casi todo está libre de esa confusión y, mucho más que eso, es uno de los textos más informativos y a la vez más entretenidos que he leído en mucho tiempo. El año en que apareció en Inglaterra (2003), el libro ganó el premio Aventis de la Royal Society al mejor título de divulgación científica, estuvo por un buen rato en las listas de los más vendidos de varios países, y convirtió a su autor, hasta entonces un escritor de viajes y diccionarios, en involuntario maestro del arte de explicar las cosas con soltura, claridad y precisión, asunto que, como bien se sabe pero tan a menudo se olvida, tiene mucho más gracia que hablar en oscuro. (Lo dijo el diseñador Bruno Munari: «Complicar es fácil; lo que es difícil, muy difícil, es simplificar».) La intención de contar la historia del universo, y de los científicos que contribuyeron a desentrañarla, surgió en Bryson cuando se dio cuenta de que, siendo un hombre relativamente culto e informado, no sabía «absolutamente nada sobre el único planeta donde iba a vivir. No tenía ni idea, por ejemplo, de por qué los mares son salados y los grandes lagos no… No sabía qué era un protón, o una proteína, no distinguía un quark de un cuásar, no entendía cómo podían mirar los geólogos un estrato rocoso y decirte lo viejo que era». Así que dedicó tres años a leer y a hacerles a especialistas de todo el mundo las preguntas «extraordinariamente tontas» que solo un niño haría, porque a los adultos nos da vergüenza no saber. El resultado es un libro nada de infantil, salvo quizás en el entusiasmo que el autor trasmite. Bryson nos lleva, como en un paseo bien conversado y extraordinariamente ameno, desde el origen del universo hasta nuestros días, contándonos cómo hemos ido acumulando conocimiento sobre el mundo físico, el biológico y el de esa rara creación terrestre, los seres humanos, en capítulos que se van ordenando por disciplina. No es fácil mantener el interés del público general en una crónica de 567 páginas sobre asuntos a veces arduos, pero Bryson lo logra con creces, y creo que uno de los secretos de su éxito es haber tratado a los científicos como los personajes dramáticos de la obra. Pues, además de relatar los hallazgos de muchos de ellos, y su significado, nos habla de sus excentricidades, sus errores, su generosidad o su flaqueza, y de cómo sus personalidades influyeron en la historia de la ciencia. Halley, Newton, los Cassini, lord Kelvin, los agrimensores Mason y Dixon, el controvertido Richard Owen, «esa gran masa de ego» que fue Edwin Hubble, Schrödinger y su gato hipotético, Linneo, Lavoisier y su mujer, Darwin, Wallace, Anders Celsius, Linus Pauling, entre muchos otros científicos de antes y de ahora, se nos revelan como personas antes que como placas o motivos de estampilla, y, así activado nuestro instinto para el pelambre (o, más académicamente, nuestra innata tendencia a empatizar y a interesarnos por la vida íntima de nuestros congéneres), la lectura se nos hace aun más apasionante e inolvidable. El libro se cierra con una sustanciosa bibliografía con sus correspondientes traducciones castellanas. Oficina Editorial |