RESEÑAS DE LIBROS

Disponible en:
librerías chilenas

 
Alan Weisman
El mundo sin nosotros
 

Barcelona, Debate, 2007



He aquí un libro fascinante, aunque no necesariamente, o no solamente, por su mensaje. ¿Qué pasaría con el planeta si los humanos desapareciéramos de un día para otro? Alan Weisman, veterano periodista científico, había escrito antes sobre el tema y para este libro amplió sus investigaciones con entrevistas a expertos y viajes por territorios que ilustran las diversas tesis que expone: la Capadocia turca, el canal de Panamá, la isla de Chipre, un bosque antiquísimo en Polonia, la zona desmilitarizada entre las dos Coreas, el atolón de Palmira en Hawai, Chernóbil, la región del Serengueti en Tanzania o un omnipresente Nueva York, que funciona como representante universal de la moderna urbe desarrollada que, imponente, magnífica con sus rascacielos de vidrio y acero, pareciera indestructible.

Voy a contar el final: en unos cuantos cientos o miles de años, la naturaleza habrá vuelto a campar por sus fueros, y en la Tierra quedarán apenas unos cuantos suvenires (los plásticos, las estatuas de bronce, desechos radiactivos, quizás las ciudades subterráneas de Capadocia, una fauna y flora diferentes pero aun así florecientes) de esa civilización curiosa que fueron los humanos. En el universo, aparte de los satélites artificiales y otros aparatitos que dejaremos de regalo, las ondas radiofónicas con música humana, con nuestras palabras, con risas, perdurarán viajando interminablemente por el espacio, quizás sin que nadie nunca pueda escucharlas.

La visión puede ser apocalíptica o no dependiendo del punto de vista, por supuesto. Y esto es interesante: no hay en el libro un solo punto de vista o una tesis unificadora, sino distintas opiniones de científicos alineados o no con campañas del tipo Save the planet. Lo que está claro es que el planet no necesita que lo salven per se; de todos modos se fundirá con el Sol en unos cuantos millones de años. De lo que se trata entonces es de hacer un ejercicio reflexivo a partir de una premisa improbable –nuestra propia desaparición súbita– para calibrar en términos cotidianos tanto como geológicos la magnitud de la intervención humana en los cambios planetarios.

Mientras en algunos capítulos se extrapola cómo podría evolucionar la vida terrestre describiendo el devenir de plantas y animales extintos, en otros como «La destrucción de nuestra casa» y «La ciudad sin nosotros» (los más estremecedores, en el sentido de que son más fáciles de visualizar) se describe en detalle la paulatina destrucción del entorno urbano o doméstico sin personas que realizan tareas vitales para su mantenimiento, como la infinidad de técnicos y empleados que limpian ductos, mantienen puentes, abren y cierras compuertas en las represas, y encienden o apagan switches en las plantas petroleras o nucleares.

Como cada quien lee desde sus propios conocimientos y convicciones, para los ecologistas profundos este libro demuestra que el problema somos los humanos y que más valdría imponer políticas de restricción de la natalidad, entre otras. Pero El mundo sin nosotros es también, y quizás inadvertidamente, una muestra de los portentos que el hombre ha construido en su paso por esta tierra, y del trabajo valiosísimo de ingenieros hidráulicos y de estructuras, arquitectos, técnicos electricistas, conservadores de museos y muchos otros oficios cuya importancia a menudo olvidamos en el tráfago de la vida diaria.

Un segundo aspecto quizás inadvertido y perturbador es la extraña belleza que se desprende de párrafos como éste: «Mientras tanto, la naturaleza continúa con su proceso de reciclaje. Los geranios y filodendros silvestres emergen donde antaño hubo tejados y se descuelgan por los muros exteriores. Árboles del fuego, cinamomos y matorrales de hibisco, adelfa y flor de la pasión brotan de rincones donde ahora el interior y el exterior de los edificios se confunde. Las casas desaparecen bajo montones de buganvillas de color magenta. Los lagartos y las serpientes látigo se deslizan con rapidez entre las matas de espárrago silvestre, chumbera y diversas hierbas de hasta dos metros de altura. Una extensa capa de hierba de limón endulza el aire. Por la noche, la oscura playa, sin nadie que se bañe a la luz de la luna, rebosa de ejemplares de tortuga boba y tortuga verde que allí anidan»

En el sitio de Weisman (www.worldwithoutus.com) pueden verse pequeñas animaciones del proceso imaginado en«La destrucción de nuestra casa» y «La ciudad sin nosotros».


Andrea Palet

Oficina Editorial
Escuela de Medicina