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Cuando están realmente bien hechos, los artículos o ensayos de divulgación científica son más entretenidos de leer que casi cualquier otro tópico de la prensa periódica. ¿Por qué? Porque suelen contener los elementos más preciados de una buena historia, tal como la entendemos hoy ya casi instintivamente: novedad (hallazgos y avances en general, ideas sobre el futuro), conflicto (vanidades en liza, debate público, legislaciones polémicas), relevancia y universalidad (los temas importan, y a toda la humanidad), suspenso (fraude, persecución, incertidumbre) e interés humano (éxitos fulgurantes o fracasos estrepitosos, pero siempre encarnados en personas, y la vida y la muerte, nada menos). Si se escoge lo mejor de lo que se publica en la prensa general (en este caso, diarios y revistas estadounidenses como New York Times, Wired, Science, New Yorker, Discover) y se reúne en un libro, el resultado es una lectura muy recomendable, aun cuando no todos los temas escogidos sean de nuestro ámbito de interés, o quizás precisamente por eso mismo. Aquí lo que importa es que las ideas expuestas tengan el potencial de cuestionar nuestras opiniones. Buena parte de los artículos de esta edición de The best
american science writing tiene que ver con medicina, neurociencia o ética
médica. Jerome Groopman, el autor de How doctors think, escribe
sobre el espinoso tema de si permitir o no a los familiares estar presentes
en la resucitación de sus seres queridos en Urgencias. Atul Gawande,
también reseñado en esta sección, hace una pequeña
historia de la obstetricia para luego presentar a Virginia Apgar, su famoso
test, y los avances y cuestionamientos en torno de la moderna práctica
de la cesárea. Oliver Sacks habla de la visión estereoscópica en «Stereo Sue», y de cómo algo que damos por descontado puede ser simplemente maravilloso para alguien, la Sue del título, que no lo experimenta sino hasta los cincuenta años. Joshua Davis escribe sobre la prosopagnosia, o incapacidad de reconocer rasgos faciales, y John Cassidy sobre el incipiente campo de la neuroeconomía en «Mind games», donde él mismo se presta para estudiar qué zonas del cerebro se activan durante la toma de decisiones relacionadas con el riesgo de ganar o perder dinero. Matthew Chapman, cineasta y guionista, y tataranieto de Charles Darwin,
lo que no es irrelevante aquí, escribe con humor y cercanía
sobre un juicio civil en Pennsylvania en el que creacionistas o partidarios
del «diseño inteligente» intentaron impedir la enseñanza
de la teoría de la evolución en los colegios. Este artículo
daría pie a un libro de Chapman, 40 days and 40 nights. Darwin,
intelligent design, God, OxyContin® and other oddities on trial in
Pennsylvania. Oficina Editorial |